Las Manos de Fátima

Fatima encontró un revólver en la basura. Nunca pensó que podía ser de juguete porque al lado, sobre una bolsa rota con hormigas, estaba la caja con las balas.
Tardó exactamente 5 segundos en decidir que, si no lo agarraba ella y se lo llevaba, podía terminar en las manos de alguno de los nenes que rondaban por el basural.
Tomo el revólver, se lo metió en la mochila. Miro la caja con las balas en un breve entuerto moral sabiendo que no las necesitaba.
Solo se llevaba el revólver para cuidar a los chicos.
Su marido gritó a sus espaldas —Fátima!— con impaciencia, ella se asustó, tomo la caja con las balas sin saber por qué y la metió en la mochila como escondiéndola, con una rápida sombra de culpa.
Pasaron un par de días, el arma estaba escondida en el hueco rectangular de la pared que le hacía de ropero, en una caja de zapatos vieja en medio de su ropa. Sus prendas eran pocas, pero tapaban la caja.
A veces se olvidaba de que estaba ahí. No tenía tiempo de recordar.
Una vecina del barrio le consiguió trabajo limpiando una casa de familia con cuatro chicos. Era sorprendentemente inteligente y trabajaba duro así que la dueña de esa casa la recomendó con otra amiga que tenía tres chicos. Llegaba cansada y tenía que ocuparse de sus propios hijos.
A Fatima no le quedaba tiempo para pensar.
Así se fueron transformando los días en semanas.
De vez en cuando, cuando sacaba una remera del ropero y tocaba el cartón duro, recordaba que en esa caja había un arma.
Se sentía extraño. Creció en una casa de un ambiente con cuatro hermanos y hermanas, era la primera vez en su vida que tenía un secreto propio y a veces se preguntaba porque no le contó a su marido que la caja estaba ahí.
Un día, Fátima no pudo salir a trabajar, estaba postrada en su cama con fiebre y dolor de cabeza. Su conciencia se arrastraba entre la realidad y los sueños balanceándose como una hamaca, cuando de repente escuchó el grito horrorizado de su vecina La Claudia. Rápidamente se incorporó para asomarse a la ventana, sin embargo pudo entender demasiado, solo se oía llanto y la palabra «no» y por ahí un «no puede ser».
Su hija más grande, Martita, más tarde le contaría que al parecer, habían soltado al padre de la Claudia que estaba en cana hace unos años por robo a mano armada.
Fatima entendió el horror de La Claudia. El padre era un borracho que de chiquita las violaba a ella y a sus hermanas y ahora Claudia tenía una nena de 4 años en su casa.
Fatima sabía cómo venía la mano, ese tipo era el padre de todas sus nietas, y los hermanos de la familia eran iguales, todos cortados por la misma tijera.
Pensó en compartir su secreto, en darle el arma a la vecina para que se defienda pero la conocía demasiado bien. Los hermanos no se la dejarían pasar y Claudia era capaz de dispararle a la nena y matarse ella misma antes que pegarle un tiro al papá.
Estaba claro lo que tenía que hacer, el arma le había llegado a ella por algo. Ya sea una bendición o una maldición, ese “fierro” llevaba su nombre.
Esperó en la puerta. Con un poco menos de fiebre pero aún con dolor de cabeza, tomo fuerzas de la idea de no querer un violador viviendo al lado de su casa. Se sentó en la vereda y esperó…horas, como el Sheriff de una película de cowboys.
Desde lejos se veía el cuerpo flaco, alto y encorvado de don Pepe que caminaba arrastrando los pies.
Fatima dudo un segundo, ese hombre en ese estado parecía como si no fuese a «durar mucho», sin embargo sabía que la desventaja de ser mujer es que un hombre como ese, aún en ese estado, tenía más fuerza que Claudia y su nena juntas. Era lo mismo.
Esperó a que se acercara pero lo interceptó antes de que pudiera golpear la puerta de la casa de al lado.
—Don Pepe! No está la Claudia—
—donde está—le habló casi ladrando.
—yo lo llevo con ella, venga—Fatima se paró y comenzó a caminar sin mirar atrás, confiando en que Don Pepe dudaría un instante y después se echaría a andar. No podía rogarle mucho que la siguiera o se arriesgaba a levantar sospecha.
Vio por la sombra que se le estiraba varios metros desde atrás, que la seguía. «Bien» pensó, con una mezcla en la panza de miedo y coraje.
Llegaron hasta el Basural, el mismo donde unos meses atrás había encontrado el arma.
Hacía mucho que no andaba por ahí pero conocía el lugar, se perdió un poco, alejándose de posibles miradas.
Todo sucedió muy rápido, cuando estuvieron entre medio de unas pilas de basura y don Pepe impaciente se acercó para intentar tocarla, Fatima sacó el arma que escondía debajo de la campera, y le disparó en la frente.
Cayó duro y recto como un árbol.
Se escuchó como los perros del barrio comenzaban a ladrar.
Se sentía poseída por el diablo. Todopoderosa, fuerte, invencible. Recordó inmediatamente a quien había matado, no había lugar para la culpa, pero se coló en su mente y en su cuerpo una enorme insatisfacción.

Eran demasiadas emociones, demasiados pensamientos, todos atropellándose entre sí y le zumbaban los oídos.
Miró el cuerpo tendido y luego sus pupilas se enfocaron en el arma en su mano que estaba caliente y parecía emanar soberbia.
Sintió un mareo seguido por nauseas, que se le pasaron obligadamente en el momento en que oyó los pasos.
Por supuesto que la habían escuchado.
Era momento de huir. Estaba guardando el arma en la campera cuando tuvo una sensación extraña, un presentimiento.
Si creyera en el ángel de la guarda, juraría que un ángel a sus espaldas le sugirió que era momento de abandonar el revólver.
Limpio sus huellas rápidamente con la tela de la pollera y lo colocó en la palma de la mano de don Pepe antes de abandonar la escena.
Un par de días más tarde, mientras limpiaba la casa de una de las señoras que la empleaba, escuchó el reporte en la radio:
—noticias de último momento, al parecer fue encontrada el arma homicida implicada en el femicidio de Gabriela López Camaño. El principal sospechoso, su novio el funcionario municipal José Luis Maldonado, había reportado el arma como robada una semana antes de que se encontrara el cuerpo de Gabriela.
Fuentes policiales indican que el arma fue encontrada en un basural y en las manos de Pedro Sanchez, un ex presidiario que utilizó dicho revólver para quitarse la vida el mismo día de su liberación.
La teoría de los investigadores es que Sanchez, habría encontrado el arma desechada en el basural por el funcionario Maldonado, y que el reporte del robo inicialmente efectuado una semana antes del homicidio de Gabriela, fue un hecho premeditado, una denuncia falsa para desviar la investigación.
El informe de balística realizado esta mañana indica que la bala extraída del ex presidiario coincide con la hallada en el cuerpo de Gabriela y proviene del arma que se encuentra registrada a nombre de Maldonado, quien deberá presentarse a declarar—
Fatima dejó de barrer un segundo y se miró las manos, ásperas, llenas de cayos y líneas pero limpias, respiro profundo asegurándose a sí misma que todo estaba donde debía estar, y continuó con su vida normal.

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