La Parca

-No me pegues por favor- no quiso rogar, pero rogó.

Sin embargo el puño de su padre sangraba frente a la pared manchada con su ira, y ella sabía que, con lo borracho que estaba, las súplicas eran inútiles.

Él gritaba, maldecía, insultaba, y Matilde empezó a rezar pero luego se sintió estúpida: Dios jamás podría oírla con tanto ruido.

Por qué rogó? Matilde sabía, en el fondo, que aquello que ella conocía como amor, no podía serlo <el amor duele, pero no te rompe las costillas, o si?>.  Se supone que en el amor no hay lugar para súplicas. 

La noche pasó, la sobrevivió, otra noche más de lágrimas y humillación. 

A la única persona a la que se lo había contado, era el sacerdote del pueblo, pensó que él podría intervenir ante Dios y explicarle lo que estaba sucediendo: le habían enviado un papá fallado, que les hacía daño a ella y a su hermanito.

-él te pega porque te quiere, así se educa a las niñas desobedientes- le respondió el Padre Ignacio, y esta lógica hizo que Matilde, con sus 9 años, dejara de confiar en la Iglesia. Sin embargo continuó rezando, pidiéndole a la Virgen esta vez (quien quizás la entendería por ser mujer), para que se lleve a su padre al cielo

No le deseaba mal, solo le deseaba ausencia

No podía obligar a su padre a quererla, lo intentó y ser la hija perfecta no ayudaba. Así que pensó que, aunque duela, prefería verlo irse.

Un día lluvioso de septiembre, don Miguel Barreras tropezó con una baldosa floja en la vereda de su casa y de alguna manera su cabeza fue a parar al ángulo más filoso del escalón en la entrada de la vivienda. Don Miguel murió al instante, y cuando Matilde volvió de la escuela, vio la sangre tiñendo el agua de la lluvia, y vió a la corriente limpiarla, como un río fugitivo y cómplice, perdiéndose entre las bocas de tormenta.

Esa noche no pudo dormir. La pequeña Matilde no quiso hundirse en la oscuridad y encendió una vela blanca al lado de su cama

La llama tiritaba casi tanto como ella

Miró fijo la luz sin parpadear, hasta sentir que la cegaba.Pensó en aquella sangre que era la misma que la suya, pensó en Dios, en las baldosas de la vereda y con un escalofrío decidió, que nunca volvería a rezar otra vez.

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