Rabia

Anoche, asesiné a un hombre.

Desperté esta mañana y pensé que era un sueño. Pero me di cuenta enseguida de que no, aún había sangre debajo de mis uñas.

Anoche maté a una persona y ahora no sé que debo hacer conmigo, con mi vida, porque la verdad es que se sintió realmente, condenadamente, bien.

Espero por la culpa unos minutos, pero no llega. Decido levantarme porque tengo hambre, lo cual viene a mí como una sorpresa, creo que desayunaré hot cakes.

Hace mucho tiempo no sentía tanto hambre, me sentía vacía, crónicamente aburrida, como si el mundo hubiese sido una película muda, mediocre y pixelada, protagonizada por alguien que en el espejo se parecía un poco a mí …hasta ahora.

Hasta anoche.

Hasta que por primera vez en mi vida, asesiné a un hombre.

No lo había planeado, al menos no lo planeé yo misma. A lo que me refiero es que el universo lo dispuso así: ese tipo no podía existir más, era una manzana podrida y no quedaba mas remedio que tirarla al cesto.

No se sentía como un crimen, tenía la oportunidad, el instrumento y al sujeto perfecto, después de todo fue en defensa propia. Por supuesto que no necesitaba clavarle su propio cuchillo directamente en la yugular, pero que otra cosa podía hacer en el forcejeo para salvarme de un hombre que intentaba abusar de mí?

Podía clavárselo en el brazo, quizás, pero el instinto y la rabia me lo dijeron al oído como un secreto: no lo hieras, mátalo.

El teléfono suena, repaso mis pasos y el momento en que borré mis huellas.

Me sentía segura, esa llamada debía ser por algo más.

Atiendo con la voz ronca porque anoche, él también había intentado ahorcarme.

Paso los siguientes 15 minutos de mi día escuchando a mi madre contarme los problemas de sus vecinas del barrio.

Mientras tanto pienso en él, en el calor y el olor de su sangre, pienso en sus ojos mientras se quedaban sin vida. Como pasaron en solo un segundo, del fuego más intenso de odio, a ser solo una cosa, un objeto tan inanimado como el escritorio que tenía en frente.

Un golpe seco desde el otro lado de la pared del living, me alejó de mis propios pensamientos.

—mamá, te llamo después— corto y escucho, más cerca de la puerta que daba al palier: mis vecinos discutían otra vez.

Unos meses atrás, Juan se quedó sin trabajo, comenzó a beber demasiado y eventualmente, empezó a liberar sus frustraciones golpeando a Irene.

Era la historia más antigua del mundo: Juan se emborracha, Juan pega.

Yo también sobreviví a un Juan, mi amiga de la facultad tenía su Juan, mi prima el suyo, mi tía el suyo y las calles estaban atestadas de esa clase de Juanes borrachos, frustrados y cagones.

Esta vez la violencia escalaba sin control, él le gritaba, ella lloraba, objetos se rompían bajo olas de agresión y hasta los muebles parecían querer salir corriendo.

Ya no podía soportarlo más. No después de lo de anoche, no sabiendo que podía hacerlo desaparecer. Callarlo para siempre.

Tomo un cuchillo de la cocina, salgo al pasillo pensando “lo voy a matar, hijo de puta lo voy a matar”, y de repente escucho un vidrio explotar, Irene suplicando paz y yo corro hacia la puerta, que estaba entreabierta porque seguramente ella intentó huir.

Abro la puerta de mis vecinos y me arrojo en el interior de su hogar, como si mi mera presencia pudiese salvar la situación.

Pero es tarde.

El cuerpo sin vida yacía sobre la alfombra persa, que alguna vez perteneció a la abuela de Juan. Ahora la sangre del que fue su nieto brotaba generosamente, tiñendo la alfombra y haciendo un charco negro que llegaba hasta los pies de Irene.

Ella estaba allí parada, con un pedazo de espejo en la mano, sucia y lastimada, cubierta de sangre tanto propia como ajena. Temblando.

Me acerco despacio como si se tratara de un animal salvaje que no quiero asustar, después de todo aún tenía un arma en la mano.

La miro de cerca, me reconoce y suelta el pedazo de espejo.

Entiendo el brillo en sus ojos. No se arrepiente, es como yo.

Pienso por un segundo que quizás la había contagiado, era posible que ella hubiese adquirido un poco de mi violencia, después de todo vivimos en el mismo edificio, compartimos el ascensor, las dos tocamos la puerta de entrada y quién sabe cómo se transmiten esas cosas, no?

O quizás él me contagió, tal vez Juan se lo transmitió a ella, y ahora somos dos más. La ira es un bicho resiliente. Quien sabe hasta donde puede llegar su virulencia.

Pero no importa, ya hemos sobrevivido tantas cosas, cuánto mal nos puede hacer otra pandemia.

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