Crímenes Imperfectos

Lo habían acusado tantas veces de ladrón, y pensar que ahora ese insulto ya no tenía sentido, era como «acusar» a alguien de ser médico o albañil.
La Legalización Nacional del Hurto Simple en 2023 lo convirtió en algo que jamás soñó ser: un hombre honesto. Un trabajador de ley…Choro, hecho y derecho.
Cuando le mostró el carnet a su madre, su madre lloró y lo abrazó. Después le pidió Plata pero no podía culparla, la vieja mangueaba a todo el mundo, era «pal vino».
Aun así, ese brillo en sus ojos, el orgullo que nunca antes le había devuelto su mirada, lo valía todo.
El Covid, la crisis, el hambre, lo arrinconaron años atrás contra una pared de humanidad, pero esa incomodidad lo hizo crecer, desarrollar su talento.
No era tarea sencilla «la sustracción no violenta de insumos de primera necesidad» como lo describía ahora su habilitación Municipal, a Carlitos le salía natural.
Para conseguir ese carnet tuvo que pasar pruebas psicológicas, apto físico, certificado de desocupación y hasta hacer un curso de violencia de género que aprobó raspando. No cualquiera. Se sentía casi un licenciado.
Tenía la zona buena, en medio del centro, lleno de turistas. Aunque con eso de la pandemia el turismo de afuera casi no existía, eran todos Argentinos pobres como él y a veces, hasta le daban lastima.
Solo les robaba a los Cara de Boludo.
Un amigo Brasilero que vendía collares en la peatonal le contó que allá, la palabra Cara en portugués significa algo así como Amigo, así que la denominación pasó a tener una simpatía especial, como si les robara a los amigos, sus queridos Boludos, los que le daban de comer.
No era un criterio tan superficial en realidad, no se trataba solo del rostro, era todo el combo. 
Tal como le explicaría más tarde esa noche a Isabel, su cita de Tinder: a su parecer hay quienes luchan por lo que quieren y merecen lo que tienen y hay otras personas que solo tuvieron suerte en la vida. El solo les roba a los segundos. Carlitos solo roba pedazos de suerte.
Isabel, su cita de Tinder más tarde esa misma noche, le sonreiría con aire condescendiente antes de tomar un trago largo del Fernet aguado que transpiraba sobre la mesa de chapa.
Se hizo un silencio raro entre los dos.
Carlitos se preguntó a sí mismo si la había cagado, y trató de sacarle charla rápido para que no se vaya, porque al fin y al cabo, estaba buena la gringa.
—y vos qué haces de tu vida?—
—soy empresaria—él se sintió pequeño. No solo por la profesión, sino por la altura con la que se lo acababa de anunciar. Parecía la condena de una Jueza: yo soy todo y vos sos nada.
Ante la cara de asombrado, Isabel continuó elaborando—cuando legalizaron esto de los choreos—hizo un ademán en su dirección—, llamé a un par de conocidos de mi hermano que eran policías y estaban trabajando por chauchas, agarré todos mis ahorros y los de mi viejo y me puse una empresa de seguridad privada—.
De golpe para Carlitos, era como si le acabaran de encender las estrellas: la gringa estaba buena, era inteligente y encima tenía plata…la amaba.
Pensó que ella era una optimista, oportunista, y sobreviviente como él, que eran dos gotas de agua, o como decían en las novelas: su Alma Gemela.
—sos mi alma gemela—le largo así, de una.
Isabel le sonrió y tomó otro trago largo de un fernet tan aguado que parecía casi transparente. —déjame que te robe el corazón—, le tiró y la vió que de a poco aflojaba.
Ella le respondió con una mano en el pecho—mirá que no vale nada—.
—Hecha la ley hecha la trampa—se encogió de hombros, nunca supo lo que significaba esa frase pero desde la legalización, la venía repitiendo porque le gustaba como sonaba.
Ella arrugó la cara con gesto ridículo—nada que ver!— y le soltó una carcajada.
Carlitos se sintió orgulloso y pensó que realmente había que ser bueno para robarle a la gringa una sonrisa.
—que queres tomar? Le preguntó apenas decidió que Isabel valía más que ese trago asqueroso que seguía ingiriendo, claramente motivada solo por la sed y el calor.
—otro— respondió señalando el vaso medio vacío y Carlitos se levantó de su asiento declarando que aprovechaba también para pasar por el baño.
Isabel estaba sola, mirando sus propias manos sobre la mesa.
Sus ojos deambularon por la chapa plateada y los círculos húmedos que habían dejado  los tragos que ya no estaban, cuando de repente el celular de Carlitos se iluminó por los bordes. Estaba apoyando boca abajo en la mesada.
Isabel miró hacia la puerta de entrada. Nada. Miro a su izquierda, a la derecha, atrás y al tipo del frente que le esquivaba los ojos con timidez. Estiró la mano hasta el otro lado de la mesa, tomo el celular de Carlitos apresurada, y lo metió en la cartera. Se levantó, y se fue.

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